Como nieve...

Primera Generación – “Kairos // Machinae“ Capitulo 13

Los recuerdos más importantes rara vez comienzan con tragedias.

Comienzan con cosas pequeñas.

Un peluche.

Un paseo por el parque.

Una mano que te sostiene cuando te caes.

Antes de que el mundo se vuelva demasiado grande.


Melissa era una niña normal.

Le gustaban los peluches suaves, los colores claros y los animales pequeños que encontraba en los parques. Podía pasar horas sentada en el pasto mirando insectos caminar entre las hojas o viendo cómo las aves bajaban a beber agua en las fuentes.

Su mundo era simple.

Seguro.

Porque siempre había alguien cerca.

Su padre.

Un hombre alto, de voz tranquila, que trabajaba para Nexum.

Para Melissa, eso no significaba demasiado. Solo sabía que su papá era importante en su trabajo y que muchas personas lo respetaban. Él decía que su responsabilidad era mantener a todos seguros.

—La seguridad es lo más importante —decía siempre.

Pero cuando estaba con ella no parecía un hombre importante.

Solo parecía papá.

A veces llegaba tarde a casa, cansado, pero siempre encontraba energía para escuchar las historias de Melissa sobre su día.

O para caminar con ella por el parque.

O para recogerla del suelo cuando tropezaba.

Como aquella tarde.

Melissa corría por el pasto intentando alcanzar una mariposa.

Pero su pie se enredó con una raíz.

Y cayó.

El mundo pareció romperse por un segundo.

El golpe.

La sorpresa.

Y luego el llanto.

Pero inmediatamente una sombra se inclinó sobre ella.

Su padre.

La levantó con cuidado.

La abrazó contra su pecho.

—Tranquila, pequeña —dijo con una voz suave—.

—Todo estará bien.

Melissa dejó de llorar casi al instante.

Porque si papá lo decía…

Debía ser verdad.


Pero un día papá no volvió a casa.

Melissa tenía ocho años.

Las sirenas comenzaron a sonar por toda la ciudad.

No era algo común.

Las luces de emergencia iluminaban las calles y los adultos hablaban en voz baja por los teléfonos.

Nadie quería decirle exactamente qué estaba pasando.

Pero los niños siempre entienden cuando algo no está bien.

Esa noche la casa se sintió demasiado grande.

Demasiado silenciosa.

Y papá nunca regresó.


Desde ese día, mi vida cambió.

Recuerdo muy poco de los días inmediatamente después.

Solo fragmentos.

Personas entrando y saliendo de la casa.

Susurros.

Puertas cerrándose lentamente.

Y el silencio.

Pero alguien se encargó de que nunca me faltara nada.

El tío Adrian.

Así le llamaba cuando era niña.

Adrian era amigo cercano de mi padre.

Siempre había sido amable conmigo.

Tenía una sonrisa tranquila y una forma de hablar que hacía sentir que todo estaba bajo control.

Nunca intentó reemplazar a mi papá.

Nunca actuó como si pudiera hacerlo.

Pero se aseguró de que tuviera todo lo necesario.

Las mejores cuidadoras.

Las mejores escuelas.

Los mejores profesores.

Decía que era lo mínimo que podía hacer por la hija de su mejor amigo.


Los años pasaron.

Crecí.

Me convertí en una adolescente.

Y aunque la ausencia de papá nunca desapareció, aprendí a vivir con ella.

Estudiaba mucho.

Siempre me dijeron que tenía potencial.

Que podía lograr grandes cosas.

Pero a veces sentía que estaba caminando dentro de una vida que alguien más había preparado para mí.

Una vida diseñada con demasiada precisión.


El día que todo cambió recibí una llamada.

Era Adrian.

—Melissa —dijo con su voz tranquila de siempre—.

—Necesito que vengas a la compañía hoy.

Algo en su tono me puso nerviosa.

—¿Ocurre algo?

Hubo un pequeño silencio.

—Estamos a punto de dar uno de los pasos más importantes en la historia de Nexum.

Luego añadió algo que me sorprendió.

—Y quiero que tú seas parte de ello.


El laboratorio estaba lleno de luces blancas.

Pantallas.

Planos técnicos proyectados en el aire.

Equipos médicos que nunca había visto.

Todo parecía demasiado grande.

Demasiado complicado.

Demasiado… frío.

Adrian caminaba a mi lado explicando todo con entusiasmo.

—Esta es una oportunidad única —decía.

—Un salto evolutivo.

Yo observaba los diagramas.

Modelos de cuerpos humanos.

Estructuras biomecánicas.

Interfaces neuronales.

Y una sensación extraña comenzó a crecer dentro de mí.

Algo no estaba bien.

Adrian lo notó.

—¿Qué pasa?

Traté de sonreír.

—Esto… parece muy grande.

Él rió suavemente.

—Lo es.

Luego puso una mano en mi hombro.

—Pero todo está bajo control.

Sus ojos brillaban con emoción.

—Esto cambiará tu vida.

Señaló uno de los modelos.

—Este proyecto aumentará tus capacidades físicas, cognitivas y neurológicas casi al mil por ciento.

—Serás más fuerte.

—Más rápida.

—Más inteligente.

—Más… avanzada.

Tragué saliva.

—¿Por qué yo?

Adrian me miró con algo que parecía orgullo.

—Porque eres la hija de un hombre que amaba esta compañía.

Su voz se volvió más suave.

—Tu padre creía profundamente en la visión de Nexum.

Hizo una pequeña pausa.

—Sus estudios nunca fueron suficientes para que alcanzara un puesto más alto.

—Pero su lealtad nunca estuvo en duda.

Sentí un nudo en el pecho.

Adrian continuó.

—Esta es una forma de honrarlo.

—De continuar su legado.

El silencio llenó el laboratorio.

Yo sabía lo que significaba esa mirada.

Sabía todo lo que Adrian había hecho por mí.

Durante años.

Cuando nadie más estaba.

Cuando papá se había ido.

Respiré profundamente.

Y asentí.

—Está bien.

Adrian se quedó inmóvil por un segundo.

Luego su rostro cambió.

Sonrió.

Pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No te arrepentirás de esto.

Me abrazó brevemente.

—Hija mía.

Se separó y señaló el laboratorio.

—Serás la primera generación de humanos imposibles.

—Y abrirás de nuevo las puertas de la evolución.


La camilla estaba fría.

Los técnicos comenzaron a preparar los equipos.

Sensores.

Inyecciones.

Interfaces.

Mi corazón latía demasiado rápido.

—Todo estará bien —dijo Adrian.

Pero no estaba segura.

Cuando comenzaron a administrarme los sedantes…

Mi mente empezó a volverse lenta.

Los sonidos se hicieron distantes.

Y entonces recordé algo.

El parque.

El pasto verde.

La mariposa.

La caída.

Y a papá levantándome del suelo.

—Tranquila, pequeña.

—Todo estará bien.

Su voz comenzó a repetirse dentro de mi cabeza.

Una y otra vez.

Mientras mis ojos se cerraban lentamente.

—Todo estará bien.


La nieve caía lentamente sobre el bosque.

El mundo estaba en silencio.

Una joven de cabello blanco se encontraba sentada sobre una roca cubierta de escarcha.

Sus ojos azules brillaban con una luz artificial.

Pero su expresión era tranquila.

Un pequeño pájaro descendió del cielo.

Y se posó suavemente sobre su mano.

Ella lo observó con calma.

Como si aquel momento simple fuera algo extraordinario.

Luego miró hacia el cielo gris.

Escuchó pasos acercándose.

No se giró.

Porque ya sabía quién era.

—Gracias por venir a verme otra vez.

Su voz fue suave.

Casi dulce.

Finalmente levantó la mirada hacia la recién llegada.

—Tengo algo importante que contarte, Blue.

Historia autoria de Gerard Leaf y Blue

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Gerard Leaf

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