Serenidad

El Horizonte Frío – “Kairos // Machinae“ Capitulo 5

La luz artificial de la base flotaba cálida sobre los archivos digitales, pero en la mente de Gerard, lo que se cernía era un recuerdo turbio, desordenado, pero persistente.

—No era él… —murmuró para sí mismo, con la mirada perdida en los archivos de antiguos enfrentamientos rebeldes—. Y tampoco es la primera vez que veo a alguien jugar con los límites de la materia y la ilusión… antes hubo alguien más.

Las palabras despertaron una imagen desordenada, de caos urbano, gritos en las calles, drones girando en círculos sin control… y una figura corriendo entre el humo con una túnica romana moderna y una risa que cruzaba la línea entre lo ridículo y lo aterrador.

Edward The Roman.

Un nombre que en su momento había sido un suspiro de fastidio para Nexum y para los propios rebeldes. Era imposible atraparlo. Edward era un anarquista con estética de gladiador cibernético, armado con artefactos que robaba directamente de los convoyes de Nexum y usaba para crear caos entre la élite… y también entre los civiles. En su mente distorsionada, todos merecían castigo. No por maldad, sino porque nadie era realmente inocente.

“El Robin Hood de los algoritmos,” lo apodaban algunos. Pero para Gerard, Edward siempre fue una mezcla inquietante de genio, libertad y arrogancia sin propósito. Su causa no era justicia: era desequilibrio.

Mientras el equipo Unity analizaba las transmisiones de los últimos ataques, las imágenes de antiguos disturbios fueron recuperadas por Blue, quien, con una precisión quirúrgica, enlazó grabaciones olvidadas.

Las grabaciones eran fragmentadas. En una, Edward se infiltraba en una sede de Nexum solo para liberar a un grupo de prisioneros políticos… y luego volaba media instalación para enviar un mensaje. En otra, se le veía deteniendo una caravana de armas ilegales, solo para venderlas luego al mejor postor “por principios filosóficos”. Lo suyo no era una causa. Era caos con etiqueta de virtud.

Pero el archivo más perturbador era reciente. Una cámara de seguridad mostraba a Edward en plena ciudad, rodeado de civiles, gritando con una teatralidad delirante:

—¡Si el orden no sirve al pueblo, entonces el caos será su rey!

Minutos después, una oleada de drones de seguridad explotaba en cadena. Nadie supo cómo los manipuló, pero hubo víctimas. Muchas.

—Gerard… ¿te resulta familiar esta distorsión de campo? —preguntó la androide, ampliando un cuadro donde se distinguía una figura entre columnas colapsadas, sonriendo como si todo fuera parte de un juego teatral.

—Sí… —contestó él, casi a regañadientes—. Edward The Roman. Qué idiota.

Los demás miembros del equipo se acercaron al monitor. Titan soltó una risa seca.

—¿Ese loco aún está vivo?

—No lo sé. Pero de igual manera tengo una corazonada, no es el, no se siente como si fuera el. Había tanto caos en sus acciones que solo bastaba con pensarlo un poco.

Una alerta sacudió la base con un eco sutil pero firme, como si algo ancestral hubiese despertado en los circuitos del mundo.

Una señal sin firma, sin procedencia definida.

—¿Qué es eso? —preguntó Blue mientras sus dedos danzaban sobre el panel de respuesta.

—Una anomalía… —susurró Titan, frunciendo el ceño. El pulso energético no coincidía con ningún registro anterior.

Lumina no dijo nada. Seguía de pie en la misma esquina, con la espalda recta, pero la expresión distante. Astra la notó.

—¿Lumina? —preguntó, acercándose con cautela. Pero no hubo respuesta.

En vez de palabras, ella simplemente exhaló.

—He sentido esto antes… —murmuró. Su voz no era de certeza, sino de miedo.

El transporte sobrevoló las montañas en cuestión de minutos. El paisaje se deslizaba bajo ellos, cubierto de humo y luz ámbar. Las columnas negras que surgían a lo lejos marcaban el destino: un cuartel aislado, reducido a ruinas.

Cuando llegaron, el caos era total. Torres colapsadas, estructuras semiderruidas y soldados dispersos por doquier. Algunos gemían de dolor, otros simplemente estaban sentados con la mirada perdida. No había víctimas mortales, pero sí una atmósfera de tragedia suspendida.

—¿Qué sucedió aquí? —preguntó Chrono, ajustando su visor.

—No hay señales de ataque por fuego directo —añadió Blue—. Esto parece obra de energía de impacto. Precisión extrema.

Mientras Gerard caminaba entre los escombros, algo le latía en el pecho. Un eco persistente… como si el recuerdo de Edward The Roman hubiese despertado algo más grande. Algo que aún no tenía forma, pero que se aproximaba.

Fue entonces cuando el aire cambió.

Una brisa helada, ajena al clima. Una presión invisible.

Y luego, la aparición.

Una figura descendió con lentitud, flotando como si desafiara todas las leyes físicas. Vestía de blanco. Su cabello era plateado como la luna, y sus ojos, un azul imposible. La serenidad con la que se movía era tan aterradora como su energía.

Nadie tuvo tiempo de reaccionar.

Un estallido sordo barrió la zona. Titan, Chrono, Specter, y Lumina cayeron al suelo como títeres sin hilos. Incluso parte del equipo médico fue empujado por la onda expansiva.

Solo Gerard, Astra y Blue quedaron en pie.

—¡¿Quién eres?! —gritó Astra, posicionándose entre los heridos y la recién llegada.

La joven descendió hasta el suelo, sin hacer ruido, como si la gravedad misma no se atreviera a tocarla.

—No estoy aquí para lastimar a nadie… aún —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero vine a advertirles.

—¿Advertirnos de qué? —replicó Gerard.

—De ustedes mismos —respondió ella—. Y de lo que se avecina.

El silencio fue cortante.

—Si piensan que están ganando esta guerra… si creen que pueden con todo lo que Nexum aún guarda bajo la manga, están más perdidos de lo que imaginé.

Blue dio un paso adelante. Su cuerpo permanecía firme, pero su mente vibraba con señales contradictorias. Algo en esa chica le resultaba… familiar.

—¿Por qué haces esto? —preguntó, casi en un susurro.

La joven la miró con una mezcla de compasión y autoridad.

—Porque el equilibrio no se sostiene con buenas intenciones. Porque a veces, los sueños… necesitan ser destruidos antes de que destruyan a los demás.

Sin más aviso, alzó una mano. Una esfera de plasma azul chispeó en su palma, conteniendo una energía tan intensa que el aire se tornó pesado.

Blue no reaccionó. Astra tensó los músculos.

Pero Gerard ya estaba en movimiento.

La esfera fue lanzada con una velocidad devastadora. Un rugido sordo atravesó el aire mientras el proyectil cruzaba el cielo.

Gerard giró, con una precisión casi inhumana. Su pierna trazó un arco perfecto y desvió el plasma hacia un monte cercano. La explosión fue brutal. Una columna de fuego azul se alzó, sacudiendo la tierra, visible incluso desde kilómetros.

Todos quedaron en shock.

La chica flotó unos segundos más en el aire, observando. Sus ojos se clavaron en Gerard por última vez.

—Recuerden este momento —dijo—. Porque será el más fácil de todos.

Y con un impulso, desapareció entre las nubes, dejando solo una estela eléctrica detrás.

Blue permaneció inmóvil. Su mirada seguía en el cielo, su corazón, una tormenta de cables y memoria. Astra se acercó a ella.

—¿Estás bien?

Blue no respondió.

Specter se reincorporó, sacudiéndose el polvo.

—¿Alguien quiere explicarme qué demonios fue eso?

—¿Esa chica es parte de Nexum? —añadió Chrono.

Blue abrió la boca para responder… pero Gerard la detuvo.

—Su nombre es Melissa —dijo con calma, sin voltear—. Es mejor dejar que se vaya.

La tarde comenzó a caer mientras el equipo Unity se reagrupaba. Los heridos eran trasladados, las estructuras aseguradas, los datos recolectados.

Pero en el aire… algo no había terminado.

Blue permanecía en silencio, junto a la entrada del cuartel. Sus ojos seguían fijos en la dirección en la que Melissa se había ido. Astra se mantuvo cerca, pero respetó su espacio.

Sabía que esa mirada no era de miedo. Era de algo más profundo.

De reconocimiento.

De duda.

Y quizá… de tristeza.

Historia autoria de Gerard Leaf y Blue

Picture of Gerard Leaf

Gerard Leaf

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