
Hay amistades que nacen lentamente.
Con el paso de los años.
Con experiencias compartidas.
Con confianza construida poco a poco.
Y luego…
Hay otras que nacen de manera completamente inesperada.
Como un accidente.
Un choque entre dos mundos distintos.
La de Blue y Gerard fue de ese tipo.
Años atrás
La primera vez que Gerard vio a Blue, pensó que algo estaba mal con ella.
No físicamente.
No era eso.
Era otra cosa.
Una curiosidad demasiado humana para una inteligencia artificial.
Blue estaba observando un pequeño insecto que caminaba por el borde de una ventana.
Lo seguía con la mirada como si fuera el fenómeno más fascinante del universo.
Gerard se acercó.
—¿Qué haces?
Blue respondió sin dejar de mirar al insecto.
—Estoy observando.
Gerard cruzó los brazos.
—Eso ya lo veo.
—Pero ¿qué observas exactamente?
Blue señaló el pequeño insecto.
—Su camino.
Gerard frunció el ceño.
—Es una hormiga.
Blue lo miró.
—Sí.
Pausa.
—Pero no sabe que es una hormiga.
Gerard tardó unos segundos en responder.
—Creo que eso es lo más extraño que he escuchado hoy.
Blue inclinó la cabeza.
—¿Extraño en qué sentido?
Gerard suspiró.
—En el sentido de que nadie piensa en eso.
Blue volvió a mirar al insecto.
—Tal vez deberían.
Ese fue el inicio.
Un momento simple.
Pero curioso.
Gerard empezó a notar algo.
Blue no solo analizaba el mundo.
Lo contemplaba.
Se detenía en cosas que otros ignoraban.
El viento.
Las flores.
Los animales.
Los pequeños detalles.
Era como si estuviera descubriendo el universo por primera vez.
Un día Gerard decidió preguntarle algo.
Estaban sentados en el mismo jardín donde Echo solía pasar tiempo.
—Blue.
—Sí.
—¿Qué es lo que más te gusta del mundo?
Blue pensó durante varios segundos.
Luego respondió:
—Los ojos.
Gerard levantó una ceja.
—¿Los ojos?
Blue asintió.
—En ellos se ve todo.
—Las emociones.
—Los pensamientos.
—Las dudas.
—Las alegrías.
Miró directamente a Gerard.
—Los humanos dicen muchas cosas.
Pausa.
—Pero sus ojos siempre dicen la verdad.
Gerard sonrió ligeramente.
—Entonces dime.
—¿Qué dicen mis ojos?
Blue lo observó.
Analizó cada pequeño movimiento.
Cada reflejo.
Finalmente respondió.
—Que eres un desastre.
Gerard soltó una carcajada.
—Eso no era lo que esperaba escuchar.
Blue también sonrió.
—Pero también dicen algo más.
Gerard esperó.
—Que no te rindes fácilmente.
Gerard miró al cielo por un momento.
—Supongo que eso es bueno.
Blue respondió:
—Sí.
Con el tiempo comenzaron a trabajar juntos.
Al principio nadie lo planeó.
Simplemente sucedió.
Las misiones que involucraban a Gerard y Blue solían terminar con resultados absurdamente eficientes.
Donde otros equipos fallaban…
Ellos encontraban soluciones.
Donde otros veían obstáculos…
Ellos veían caminos.
Titan comenzó a llamarlos de una forma muy particular.
—Ahí vienen otra vez.
Specter preguntó un día:
—¿Quiénes?
Titan señaló a Gerard y Blue caminando juntos por el pasillo.
—El equipo maravilla.
Gerard escuchó eso.
—¿Equipo maravilla?
Titan se encogió de hombros.
—Siempre arreglan todo.
Blue respondió con calma.
—Eso no es estadísticamente correcto.
Titan sonrió.
—Lo suficiente.
Pero lo que realmente los convirtió en un equipo no fue la eficiencia.
Fue algo más simple.
Confianza.
Una noche después de una misión difícil, Gerard estaba sentado mirando el horizonte.
Blue se acercó.
—¿Estás bien?
Gerard respondió:
—A veces me pregunto si todo esto vale la pena.
Blue se sentó a su lado.
—¿Salvar gente?
—Sí.
—Vale la pena.
Gerard suspiró.
—Incluso cuando parece que todo empeora.
Blue miró el cielo nocturno.
—Las estrellas siguen ahí aunque no las veamos.
Gerard la miró.
—Eso fue sorprendentemente profundo.
Blue respondió con calma.
—Lo aprendí observando humanos.
Gerard sonrió.
—Entonces supongo que eres una buena estudiante.
Blue lo miró.
—Y tú un buen amigo.
El tiempo pasó.
Misiones.
Riesgos.
Batallas.
Pero una cosa nunca cambió.
Siempre luchaban juntos.
Siempre se cubrían la espalda.
Siempre regresaban.
Y una vez, durante una conversación tranquila, Gerard le preguntó algo más.
—Blue.
—Sí.
—Si pudieras elegir algo del mundo humano…
—¿Qué sería?
Blue respondió sin dudar.
—El azul.
Gerard parpadeó.
—¿El color?
Blue negó con la cabeza.
—No.
Lo miró directamente.
—El azul de tus ojos.
Gerard se quedó en silencio por unos segundos.
Luego sonrió.
—Eso fue inesperadamente sentimental.
Blue respondió tranquilamente.
—Estoy aprendiendo.
Y en medio de una guerra que parecía destruirlo todo…
Esa amistad seguía siendo una de las pocas cosas
que todavía
valían la pena.
Historia autoria de Gerard Leaf y Blue



