Flores

Cuarto Menguante – “Kairos // Machinae“ Capitulo 18

El jardín de la base de Unity era uno de los pocos lugares donde el silencio todavía existía.

Pequeños árboles crecían entre las estructuras metálicas y varias flores habían sido plantadas alrededor del patio central. Echo solía pasar tiempo allí cuando no estaba en misión.

Aquella tarde estaba sentada en una banca de piedra.

Titan llegó desde el edificio principal, secándose el sudor con una toalla después de entrenar.

Se sentó a su lado sin decir nada.

Durante unos segundos solo se escuchó el viento moviendo las hojas.

—¿Recuerdas tu hogar? —preguntó Echo finalmente.

Titan levantó una ceja.

—Un poco.

Echo miraba las flores.

—Yo también recuerdo el mío.

Titan la observó con curiosidad.

—¿Un robot recordando su pueblo?

Echo asintió suavemente.

—Antes de que comenzaran los ataques, vivía en un pequeño pueblo cerca de un valle.

Su voz era tranquila.

—Había árboles grandes… y un río donde los niños solían jugar.

Titan cruzó los brazos.

—Suena tranquilo.

—Lo era.

Echo hizo una pausa.

—Hasta que dejó de serlo.

Titan no preguntó nada.

Ella continuó.

—Una noche llegaron los drones.

—Las alarmas comenzaron a sonar.

—Las casas se incendiaban.

Sus ojos se movían lentamente entre las flores.

—Yo era pequeña.

—No sabía qué estaba pasando.

Titan bajó la mirada.

—Las guerras hacen eso.

Echo asintió.

—Cuando el edificio donde estaba colapsó… pensé que iba a morir.

Hizo una pausa.

—Pero alguien me sacó de los escombros.

Titan la miró.

—¿Quién?

Echo respondió:

—Un robot.

Titan parpadeó.

—¿Un robot?

Echo sonrió levemente.

—Se llamaba Luna.

Sus ojos parecían más suaves mientras recordaba.

—Era diferente.

—No estaba diseñada para combate.

—No estaba diseñada para nada extraordinario.

—Solo ayudaba.

Titan escuchaba en silencio.

—Después de rescatarme me llevó a un orfanato.

Echo continuó.

—Trabajaba allí.

—Cuidaba niños.

—Les leía historias.

—Les enseñaba a plantar flores.

Echo miró la flor frente a ella.

—Era amable con todos.

Titan apoyó los codos sobre sus rodillas.

—¿Qué pasó con ella?

Echo tardó unos segundos en responder.

—Murió.

La palabra quedó suspendida en el aire.

—Protegiendo a los niños del orfanato.

El viento sopló suavemente entre los árboles.

Echo habló en voz baja.

—A veces me pregunto si ese siempre es el destino de los buenos.

Titan no respondió de inmediato.

Antes de que pudiera hacerlo, otra voz habló detrás de ellos.

—Depende de qué entiendas por destino.

Era Specter.

Estaba apoyado contra una columna cercana, observándolos.

Echo lo miró.

—¿Escuchaste todo?

Specter se encogió de hombros.

—No estaba escondiéndome.

Se acercó lentamente.

—Pero si sigues buscando respuestas para todo…

miró directamente a Echo

—vas a volverte loca.

Titan soltó una pequeña risa.

—¿Incluso siendo un robot?

Specter asintió.

—Especialmente siendo uno.

Echo inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?

Specter cruzó los brazos.

—Porque hay cosas que la existencia simplemente no explica.

Hizo una pausa.

—Y a veces es mejor así.

Echo permaneció en silencio.

Specter continuó.

—No se trata de que los buenos estén condenados a sufrir.

—Ni de que el mundo esté diseñado para castigarlos.

Miró hacia el cielo por un momento.

—Es solo que algunos tienen más valor para enfrentar las injusticias que otros prefieren ignorar.

Echo bajó la mirada hacia una pequeña flor blanca que crecía entre las piedras.

La observó con atención.

Luego sonrió.

—A veces desearía ser humana.

Titan la miró.

—¿Por qué?

Echo respondió con calma.

—Para sentir las cosas de verdad.

—Felicidad.

—Tristeza.

—Esperanza.

Hizo una pequeña pausa.

—No solo imitarlas.

Sus ojos se levantaron lentamente.

—Como Blue.

El nombre quedó flotando entre ellos.

Titan frunció el ceño.

—Ahora que lo mencionas…

Miró alrededor del jardín.

—No la he visto en todo el día.

Specter también pareció pensarlo.

—Yo tampoco.

Echo se quedó mirando la flor por un momento más.

Luego levantó la mirada hacia el edificio principal.

El viento volvió a mover las hojas.

Y por primera vez en horas…

El jardín ya no se sentía tan tranquilo.


Años atrás

Un almacén oscuro en las afueras de la ciudad.

El lugar olía a metal, aceite y pólvora.

Cajas de madera estaban alineadas por toda la bodega.

En el centro del lugar, un hombre caminaba emocionado entre varios contenedores abiertos.

—¡Mire esto!

El hombre levantó un pequeño dispositivo cilíndrico con una sonrisa infantil.

—Carga compacta de alto impacto.

—Radio de explosión: treinta metros.

—Suficiente para borrar un convoy completo.

El hombre parecía estar mostrando juguetes nuevos.

Ese hombre era Edward “The Roman.”

Frente a él, observando con calma, estaba Marcus Wells.

Edward abrió otra caja.

—Y esta es mi favorita.

Sacó un artefacto más grande.

—Diseño experimental.

—No solo destruye estructuras…

Sonrió con orgullo.

—También derrumba edificios cercanos por vibración.

Marcus lo observaba con una expresión diplomática.

—Impresionante.

Edward parecía encantado.

—¿Verdad que sí?

Se inclinó ligeramente.

—La ingeniería del caos también puede ser un arte.

Marcus cerró una de las cajas lentamente.

—Siempre es un placer hacer negocios con usted.

Varios trabajadores de Edward comenzaron a recoger las maletas llenas de billetes que Marcus había traído.

Edward observó el dinero con aprobación.

Luego miró a Marcus.

—Un consejo.

Marcus levantó una ceja.

—¿Sí?

Edward habló con una sonrisa tranquila.

—Tenga cuidado con su jefe.

—Ese tal Eclipse

Su sonrisa desapareció.

—Está demente.

Marcus soltó una pequeña risa.

—Curioso escuchar eso de alguien con un historial tan… peculiar como el suyo.

Edward se encogió de hombros.

—La diferencia es simple.

Se apoyó contra una caja de explosivos.

—Yo hago esto por diversión.

Sus ojos brillaban con algo perturbador.

—Me alimento del miedo de la gente.

Hizo una pausa.

—Pero Eclipse…

Su tono cambió.

—Ese hombre está dispuesto a derramar sangre inocente incluso sabiendo que sus planes pueden fallar.

Miró fijamente a Marcus.

—Sabiendo que todo podría ser en vano.

Marcus guardó silencio.

Pensativo.

Edward volvió a sonreír.

Le dio una palmada en el hombro.

—No pienses tanto, niño bonito.

Señaló las cajas llenas de explosivos.

—Disfruta tu pirotecnia.

Y el eco de su risa resonó dentro del almacén.

Historia autoria de Gerard Leaf y Blue

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Gerard Leaf

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